SACRIFICIO EN LA SALA MAYA

 

 

Aquella banca de madera la esperaba siempre. Era casi cálida, era su banca. Al menos los miércoles.

           Le horrorizaba tan sólo imaginar quién podría usarla cuando no estaba: un grupo de japoneses idénticos o quizá algún guardia de uniforme y piel gastados. Los minutos se atiborran hasta convertirse en horas… dos horas exactamente.

           Roberto nunca se habría tardado tanto, ¿se habría arrepentido?       

           En su mochila traía sólo dos cambios de ropa para no despertar sospechas. Debía parecer como todos los miércoles: su mochila, su cuaderno y varios libros de historia. Pero ese día, guardaba en una carpeta lo más preciado: dos boletos de avión a un lugar más feliz y caluroso. Pero sobre todo, lejano.

           Nerviosa, acarició su trenza lacia, el último tramo después del moño rojo. Creyó ver a una mujer con una bolsa de estraza y el cuerpo redondo y blando de su madre. Caminaba rápido, agitada.  Cuántas mujeres iguales.

           Se acuerda de él, de las sábanas que aullaban, de la simetría de sus besos largos y del mutuo sudor alterno.

             ─Sí llegará. Roberto es de una pieza ─pensó.

        Alerta. Un tronido. El miedo latiguea del estómago a las piernas. Corre. Esquiva un mundo de extraños en tenis y sandalias. En el piso se expande un charco rojo.

           Los cuarenta y ocho años de Roberto Franco terminaron en la Sala Maya. El sacrificio se repite, lloran los dioses y los jaguares. El llanto se contagiaría pronto a su esposa, a sus dos hijos.

           Cae al suelo. Atisba las piernas agitadas de la mujer redonda que se aleja como animal asustado

          Clarisa comparó su cuerpo casi de niña, con el cadáver de su maestro de historia. No podía besarlo, no podía. Nadie sabía.

           Sintió como cuando se quiebra una pieza de cristal, muy dentro, muy lejos.  Temblaba, sudaba.

           Salió corriendo al estacionamiento del museo. Se detiene y respira. Habrá que recuperar la compostura.  La espera un auto verde, destartalado, como todas las semanas.

          Su madre termina de leer una revista de chismes de farándula. Su rostro, extrañamente pálido.

             ─Hola bonita, ¿cómo estuvo la clase de hoy?-

             ─Bien. Ya lo sabes ─miente tranquila.

      El Chrysler 87 escupe una nube color gris, arranca y se aleja lento, prácticamente discapacitado.

           ─Ya no vuelvo a clases. Se ha cancelado el curso ─dice Clarisa con calma. Una lágrima callada se derrama del ojo derecho hacia el cuello.

          El estacionamiento es un espacio siniestro a pesar de las brillantes líneas amarillas que lo marcan. La tarde termina, el museo recibe la noche.

             Su madre conduce con el corazón retumbante hacia la gran avenida, ni una palabra. Detrás de su asiento una bolsa de estraza y dentro, una pistola.

 

sacr

 

Gabriela Betancourt, cuento

Karla Kaplun, dibujo

Diego Cera, música