Abrí los ojos y sentí mi cuerpo quejarse; siempre es muy temprano cuando hay luz en la vida de la gente. Nada se siente honesto cuando el camino se construye desde el cielo; remojé las reflexiones y les di un par de cachetadas para poder empezar mi día. Salí sin más; no me miré al espejo.

      Una vez que tomé los paquetes de mi auto caminé cien metros al sur. Por la calle donde vivo hay edificios altos que me refugian de la luz y el calor. Pensé que el ejercicio no me caería mal y ahorraría gasolina. «Santiago salva a las aves de las emisiones» y madre y media se podía leer en un periódico, o algo así; ahora no importa, lo que importa es que una vez que llegué a la esquina de Madrigal y Edimburgo me topé con Marta. Me incliné contra la pared y conversamos unos minutos; fue aburrido, tedioso y eficiente. Se llevó el paquete de su esposo a casa y me pagó por mis servicios.

     Caminé a mi apartamento. Me sentía libre y aburrido, casi triste; me sentía dramático. Se lo atribuí al sol en su punto más alto. Por un momento lo odié, pues quemaba mi alma, pero me mordí la lengua y se me quitó lo pendejo.

        En paz en mi departamento decidí escribir una obra de teatro.

 

Consultorio de psiquiatra. Un escritorio, una silla grande de un lado y una silla pequeña y acolchonada del otro.

 

P: ¿Cómo has estado? ¿Hay algo que quieras discutir?

S: No realmente. Tuve un sueño raro pero nada más; estaba en un desierto caminando. Estaba perdido; encontré un manantial y a lo lejos vi un camello que se alejaba descalzo (me sorprendió); no sabía si alcanzarlo con la energía que tenía y llevarlo al manantial o si beber y luego ir tras él; pensando terminé por desmayarme. Me creí muerto sin dejar ni una postal. El camello me recogió y me cargó hasta el manantial. Una vez que me levanté, el camello me guió hasta la civilización. Pero al mirar atrás vi a un niño persiguiendo una mariposa. No conseguí hacer que el camello regresara por él. Cuando pensé en bajar del animal, guardias me alcanzaron y vi a una dama de vientre rosa. Abrí los ojos…

P: Recuerdas bastante. ¿Le encuentras algún significado?

S: No creo que debería buscarlo −vi los ojos del médico encogerse; su lengua, sangrando, se abrazó a su paladar−.

 

De regreso en mi departamento tiré mis medicamentos.

     Miré los papeles vacíos en mi escritorio por unos segundos, puse el espejo de bolsillo de Marta frente a mi lavabo y me rasuré la barba.

        El sol se ocultaba a espaldas de mi departamento.

 

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José Labrador, cuento

Andrea Salceda, ilustración

Alán Bengoa, música