Las palabras

pienso

son sutiles aunque increíblemente potentes

alucinógenos

capaces de convertir a la viva imagen del convencionalismo

en una afable bestia violeta

de cuarenta y siete pestañas

y una batería de auto

incrustada a crueldad

en la espalda.

 

Hacen del sarcasmo arte. De decir

algo tan cotidiano y simple

como que uno es horrendo y está solo,

la mayor y más encrudecida declaración

desde los versos de cualquier otro.

 

Las palabras

pienso

pueden ser marcos de plata y

luz de pasarela. Cualquier cosa,

si se dice con los dedos y de forma valientemente incorrecta,

se oye como la llamada que uno espera

o la canción que uno no escoge

escuchar

y resulta ser la mejor mierda

que alguien más tuvo el dolor de amar.

 

Me gustaría poder darle ese uso a las palabras.

 

Las palabras me conocieron un viernes negro y primitivo

cuando todo lo tangible

se descompuso. Yo no era más que esto

que sigo siendo y

las palabras no eran más que un mal poema

que sigue siéndolo.

 

Pienso:  

Las palabras todavía esperan al indicado para

agarrarse bien los huevos y vociferarlas.

Son la torre alta enclaustrada.

Son la princesa en la torre.

Soy su príncipe paralítico.

Soy su residencia alquilada.

Aunque, después de ella y de todo,

¡Está bien!

Juro que está bien,

porque las palabras logran colar en mis métodos de auto sabotaje

pequeños retazos de mí mismo

y en ellas soy bello y trascendente,

y no puedo morir aunque quisiera,

y siento alcanzar con la punta de los dedos

el sol más anaranjado que concibió esta tierra.

 

Y solo quema un poco.

 

Me gustaría poder darle este uso a las palabras,

aunque sea un poco:

Es solo que

no puedo.

Espero que tú sí.

 

Renato Paxi Oyanguren