Imagínate

los moldes de los hombres que Dios creó

con materias tan peregrinas

como su misma esencia:

seres de trigo,

de arroz,

de café…

 

Aquí crecen seres de maíz

calzados

por el fuego íntimo

de convocar a todas las piedras;

seres que, al sintonizar la cactácea curativa,

surcan sobre águilas

el vehemente oleaje del azar;

seres con la mirada remangada al espíritu,

hacia el horizonte que se forma

en los pliegues de la carne;

seres con el corazón latente en cada poro,

como una táctil guía:

intuición dactilar

que sahúma los templos inmateriales.

 

Qué si un día

logramos detonar la furia, la sangre,

la savia del maizal

a las arterias de cada huésped

que hemos hospedado en nuestras raíces,

como fugaces suspiros de las flores blancas

que viven en el sueño de la tierra.

Qué si un día

soplamos el borde,

el límite de lo ajeno

hasta la perpetuidad de dar un paso

con la fuerza elemental

de parirle un sentido a esta yerma progenie

con la exactitud de evocar desde el vientre

la cría onírica

que nos conforma.

Qué si un día

nos vertemos dentro

de nuestro propio ser.

 

…seres de latidos,

seres de fe.

 

Gabriela Méndez Guido