Tú también puedes ser famoso y bajar de peso. Es de todos sabido que para comerse el mundo hay que empezar por una dieta. Pero no basta con empezarla, se necesita algo aun más terrible: continuarla. ‘¡CONSTANCIA¡’ −te gritas a ti mismo sin siquiera considerar el peso de las palabras que pronuncias (ese tipo de peso no te interesa). Callar nuestros defectos y sentir placer en los otros, un cuerpo envidiable sobre un cielo de Instagram casi religioso. Tantos elogios que opacan hasta los comentarios más oscuros. Eres inmune porque tu vulnerabilidad es tierna y humana y cualquiera en tus zapatos debería entenderlo. Todos tienen sus quince minutos de fama, en el peor de los casos pueden materializarse en un meme de mal gusto, uno tiene que estar siempre preparado; se puede lucir bien ante las cámaras pero nunca ante los crueles teléfonos celulares. Tú aspiras a otra cosa, nadie puede entenderlo, nadie entiende a las Kardashians como tú, buscas tu lugar natural en la pecera más bella donde nadan los peces de oro, los que se hunden por su peso pero brillan hasta la muerte. Practicar la selfie hasta dominar el arte, encontrar tu mejor lado después de veinte fotos. Ensayar la falsa modestia, los discursos de apología de clase: ‘me gustan las cosas sencillas, caminar por el parque, una buena hamburguesa.’ Es importante recalcar que la fama no te ha cambiado. ¿De verdad no te ha cambiado nada? Te preguntan tus amistades cercanas. No temas ni titubees, eres el deseo materializado, tu gracia es infinita, incluso cuando no conoces la respuesta. Pero todo tiene un costo, el tuyo es alto, me temo. Cincuenta mil dólares por un Mercedes-Benz. Al final te excusas contigo mismo ‘el orgullo en todos los hombres es el mismo, solo varían los medios’ y no te avergüenza decir que los mejores consejos de tu vida los has aprendido del Snapchat de Kylie Jenner. Tu nueva foto de perfil es un manifiesto pero pudiera ser perfectamente una despedida. Ahora eres famoso. Actúa como tal.

 

Pablo Robles Gastélum