Se vistieron de luto y salieron juntas por el portón de madera de la casa que había sido de su madre. Hacía tiempo, colgaban cada una en su armario un vestido de lino negro sin mangas, porque en la costa hace calor hasta en invierno. Llegaron a la funeraria, entraron a la sala cuatro. Todas las miradas encima de ellas. Ni una gota de maquillaje, los labios húmedos, un hilo de perlas colgando en sus cuellos, hasta el principio de los senos. Delante de ellas comenzó a formarse una larga hilera: amigos y parientes del padrastro les daban las condolencias. Abrazos, lamentos, susurros. El tercer Rosario.

Entre tinieblas, las hermanas observan al padrastro impasible a través del vidrio del ataúd. Nunca pensé contárselos, pero una madrugada abrió la puerta de mi cuarto. Como todas las noches de aquel octubre, me atacó el insomnio y aprovechaba para ponerme al corriente de las noticias, leía hasta la última hoja del periódico. Asomó la cara, se sorprendió de encontrarme despierta, tartamudeó algo. Lo dejé pasar. Creo que empezaba a perder la memoria, me llamó por el nombre de mamá, sin entrar en razón, Julieta, Julieta insistía. De repente, se acercó mucho, me acarició los senos. No supe qué hacer.

Pues a mí me llamó la atención cuando le dio por llevarme el jugo muy temprano, el vaso en el centro de una charola con una servilleta blanca bien almidonada. Antes de levantarme ya estaba ahí, sentado en la silla junto a mi cama indicándome con la mirada que el jugo estaba listo sobre el buró. Me acostumbré, pues me ahorraba el trabajo de exprimir las naranjas antes de salir. Un domingo, el sabor dulzón de una fruta me despertó. Me aterró su índice mojado recorriendo mis labios. –Soy yo, Julieta, yo –decía mientras se me echaba encima.

Par de mal agradecidas. Ramiro fue un hombre en toda la extensión de la palabra. Hacerse cargo de nosotras sin ser sus hijas, aún después de muerta nuestra madre, no cualquiera. Aguantar berrinches, enfermedades, ahuyentar a los vividores que se relamían los bigotes con nuestra herencia.

Ramiro dedicó su vida a protegernos. A ver, díganme, cuándo metió a otra mujer a la casa. ¡Ya párenle!, tengan cuidado con lo que hablan.

A las seis de la tarde entra el cura. El rocío del agua bendita les llega a la cara.

De verdad que fue bueno. Nunca pidió nada para él. ¿Qué trabajo era darle un poco de cariño y atenderlo?

 

Ana Luisa Tejeda